El mensaje era formal. Frío. Distante. "Aún te quiero", le había dicho, pero las palabras sonaban como un protocolo, como un guion que había leído. Habían terminado las cosas en buenos términos, o al menos eso creía ella. Habían llorado juntos, prometido seguir siendo amigos, acordado ir despacio. Pero ahora, semanas después, él actuaba como si fueran extraños. La distancia debía ayudarla a sanar, pero solo logró que lo extrañara más.
Había roto el contacto cero el día anterior. Sabía que no debía hacerlo. Sabía que solo complicaría las cosas. Pero el miedo había sido demasiado intenso. ¿Y si él la olvidaba? ¿Y si, con el paso del tiempo, seguía adelante? Durante años había vivido con un estilo de apego ansioso, siempre temiendo el abandono, siempre necesitando seguridad. Y ahora, al verlo alejarse, los viejos miedos regresaban. Le había enviado un mensaje, solo para saber si aún le importaba. Pero la respuesta había sido distante, casi indiferente. Le dolió más de lo que esperaba.
Se preguntaba si había cometido un error. Quizás debería haberle dado espacio. Quizás debería haber confiado en que él se pondría en contacto cuando estuviera listo. Pero, cuanto más lo pensaba, más sabía que no podía. Necesitaba saber en qué situación estaba. Necesitaba saber si aún había una oportunidad. La idea de perderlo para siempre era demasiado dolorosa. Habían estado juntos ocho meses, construyendo algo real, algo significativo. Y ahora, sentía que se le escapaba.
Había intentado convencerse de que exageraba. De que era demasiado pegajosa. De que debía soltar. Pero la verdad era que no estaba preparada. No quería soltar. Quería recuperarlo. Quería reconstruir lo que tenían, arreglar lo que había salido mal. Quería creer que su amor era lo suficientemente fuerte como para superar la distancia, el tiempo, el dolor.
Ahora se pregunta si el amor vale la pena cuando la otra persona no está dispuesta a hacer el mismo esfuerzo. Si alguien no puede darte la seguridad que necesitas, ¿es mejor irse ahora o esperar a que cambie?