Aquella noche las estrellas brillaban y el aire olía a verano. Habían pasado horas hablando, riendo y bailando en el porche de su casa al ritmo de la música que los envolvía como un abrazo. Él le había dicho que era hermosa, que le encantaba tenerla cerca y que era "rara" de la mejor manera. Era como un sueño, el tipo de momento que te hace olvidar que el mundo existe. Hasta que, mientras se dormía, ebrio y satisfecho, murmuró: "Tan hermosa... aunque no eres mi tipo."
Esas palabras la golpearon como un bofetón. Nunca antes se había considerado fuera de su tipo, pero de pronto todo se volvió frágil. Había visto fotos de sus exnovias, de sus parejas anteriores, de su esposa. Todas eran mujeres menudas, morenas y de complexión delgada, el tipo de mujer que parecía encajar en un molde al que ella nunca había pertenecido. Ella medía 1.70 m, era rubia y, con sus 77 kg, pesaba más que cualquiera de ellas. Había perdido 23 kg en el último año, no por él, sino por sí misma. Había hecho las paces con su cuerpo, o al menos eso creía, hasta que sus palabras le hicieron cuestionarlo todo. ¿Acaso solo empezó a fijarse en ella después de que cambió? ¿Había sido un proyecto todo este tiempo?
Su relación había comenzado como una amistad en el trabajo, mucho antes de que fueran pareja. Él le había confesado al principio que su peso le había parecido poco atractivo cuando se conocieron. Ella lo había atribuido a preferencias personales, algo que no podía controlar. Pero ahora, con su confesión ebria, la duda se coló como una sombra. ¿Era solo un premio de consolación? ¿Alguien a quien toleraba por conveniencia, alguien a quien podía amar pero nunca desear realmente? La pregunta la carcomía, especialmente cuando él le había dicho que la amaba bajo los efectos de sustancias que alteraban su mente. No parecía real. Nada se sentía real ya.
Repasó una y otra vez sus conversaciones, buscando pistas. ¿Alguna vez la había hecho sentir realmente deseada, o siempre fue consciente de la brecha entre lo que él quería y lo que ella era? Cuanto más lo pensaba, más los momentos de afecto le parecían actuaciones. ¿Sus halagos, sus caricias, incluso sus declaraciones de amor, eran sinceros, o solo era alguien con quien se conformó? La duda la agotaba, y lo peor era que no se atrevía a preguntarle. Todavía no. No cuando el miedo a confirmar sus sospechas era mucho peor que la incertidumbre.
Había empezado a hacer más ejercicio, a cuidar su alimentación, a intentar encogerse para adaptarse al molde que creía que él quería. Pero cuanto más cambiaba, más resentía la idea de tener que hacerlo. Se había amado a sí misma antes de él, antes de la duda, antes de darse cuenta de que quizá nunca sería suficiente. Ahora no estaba segura de si lo hacía por ella o por él. Y eso, más que nada, le hacía cuestionarse si esta relación valía la pena por el desgaste emocional que le causaba.
Cuando el amor de alguien viene con condiciones, ¿cómo puedes sentirte realmente amada?